"Con siete sellos encerró
y el fuego eterno guardo
el mal de su estampa
Escrito esta que se han de abrir
y de uno en uno han de salir
los cuatro jinetes del mal
Ha de llegar el destino
que ha forjado el camino
que los trajo hasta aquí"
Apocalipsis - Tierra Santa
Mefistófeles y el Presidente de la Junta discutían en el templo los términos para la destrucción de la ciudad. La multitud y yo intentábamos escuchar, pero nuestras propias voces ahogaban la de aquellas dos figuras que decidían nuestro destino. Así que salí, y tome el camión para irme de la ciudad, al pueblo más cercano. El camión salió instantáneamente y cursó por una carretera llena de curvas. Dentro del camión, yo estaba en la parte trasera, platicando de cosas que no recuerdo con una mujer que no conozco. De pronto pudimos observar por el vidrio del chofer, como grandes cráteres brotaban de la tierra, lanzando agua hirviendo sobre el camión. Me puse histérico, grite como loco que todos íbamos a morir, que arderíamos bajo el agua hirviente. La mujer para tranquilizarme me dio su iPod (marca registrada por Apple, y que aparece en mi sueño por cortesía de nadie en particular), y me puso a escuchar una canción de Blind Melon por lo que podía leer, aunque no ubicó la canción. De pronto, las constantes emisiones de aquellos géiseres de nueva aparición, empezaron a entrar en el camión. El chofer, al cual jamás conocí, detuvo el camión en un pueblo amenazado por un violento río que se había desbordado. En cuanto llegamos, nos dijeron que debíamos subir lo más que pudiéramos para evitar ahogarnos, porque los diques no aguantarían mucho más. Me hice acompañar de un pequeño convoy de gente conocida, que apareció de ningún lugar. Subíamos por piedras que se movían demasiado, y al llegar a una parte que me recordó a alguna plaza del mediterráneo italiano (que he visto en fotos y videos, soy pobre y no he ido a Italia), miré a un lado y observé el río, rojizo. Al principio pensé que era lava la que llenada esos ríos, pero acercándome más, me di cuenta de que era salsa de espagueti, todo un cúmulo de pasta a la boloñesa deslizándose como agua por aquel río desbordante. Subimos por más rocas, y el caudal del río golpeando contra ellas me empapo de la cintura para abajo. Con mucho trabajo, mis acompañantes y yo llegamos a una pradera, que solo podría comparar con la que se describe en La Última Batalla de las Crónicas de Narnia, una pradera eterna y larga. Muchos seguían la pradera, pero, justo a mi lado, estaba el camión que antes nos había dejado, y me volví a subir. Iba de regreso. Al apocalipsis de la ciudad.
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